Guernica

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El Guernica entró en España poco a poco, y de manera clandestina, escondido en el fondo de las maleras, camuflado entre las páginas de los periódicos, oculto entre láminas de la Virgen o reproducciones de cuadros religiosos. El Guernica estaba prohibidísimo, como la heroína, el opio o la coca. Si te pillaba pasándolo, te ponían a la sombra. Hubo durante aquellos años una marea subterránea de guernicas. Imposible saber si habían venido en barco o avión, en tren o automóvil, pero los gernicas fluían a millares por debajo de la realidad, como las aguas subterráneas. España entera estaba edificada sobre un río oculto de guernicas que flotaron de súbito a la superficia al modo en que aparece la humedad cuando el tabique se satura. Entrabas en casa de un vecino a por un puñado de sal, y lo descubrías en la pared del salón en la que en otros tiempos era obligatorio en cuadro de La Última Cena. En Guernica hizo las veces de contraseña cómplice que en los tiempos de los primeros cristianos se encomendó a la figura del pez. Donde veías el cuadro de Picasso, respirabas con alivio antifranquista: te encontrabas en territorio amigo. Un símbolo. Cuando llegó a España el original, fue recibido como si con él entrara algo más que una obra de arte. Y es que habíamos dejado, al fin de ser diferentes. Verlo salir del despacho de Garzón le ponía a uno los pelos de punta. Y es que no él, ¡qué vergüenza!, era desalojada la democracia de nuestro sistema judicial. En el caso de que hubiera estado dentro alguna vez, claro.

Juan José Millás.

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