Día 4. Diario de viaje. Llegada a Galicia

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Nos costó la despedida del hotel AC Porto porque la verdad es que se podía estar en él como en casa.

Pero bueno, un paraíso se extendía en nuestro camino esperando recibirnos. Galicia. Nada más traspasar la frontera un gran peso cayó sobre mis hombros. Galicia es demasiado grande, demasiado hermosa, demasiado, no creo poder hacer que quepa ni en mi cámara ni en mis palabras. Por eso creo que lo único que puedo hacer humildemente es conseguir que vengáis a observar con vuestros propios ojos la magia gallega.

Llegados a Mondariz Balneario y dentro de aquí al Balneario de Mondariz, no pude llevarme mayor decepción. Estamos en un conocido balneario, preparado solo para aquellos que quieran ver la vida como un paseo de lujo. Lo bueno, es que las decepciones me duran poco y hemos decidido mirar este asunto desde otra perspectiva. Estamos en un lugar único y sobre todo estamos aquí para disfrutar de Galicia y no del alojamiento.

Lo primero que hicimos a nuestra llegada fue caminar hacia un restaurante, Casa Riveiro para comer. El resumen de esta comida, platos de tamaño gallego (= 3 veces mayores que los que conocemos por normales) y unos espaguettis que me comí que me quitaban el sentido, deliciosos. Mi madre probó una rica tortilla que iba más cargada que una despensa: guisantes, pimiento, jamón, chorizo…

Una buena comida, una gran bienvenida a Galicia, esta es la mejor manera que tienen los gallegos de decirnos: Welcome!

Tras la comida, un refrescante chapuzón en la congelada piscina del hotel (con el paso de los días el calor que nos está cayendo ha hecho que el agua esté como la de cualquier piscina murciana) y a vestirse para dar un primer paseo de reconocimiento a la costa sur gallega.

El recorrido que escogimos fue desde A guarda, pueblo fronterizo con Portugal (aunque la verdadera frontera sea el río Miño) desde aquí pudimos comenzar a ver a que era a lo que realmente nos enfrentábamos, naturaleza en estado puro pero no salvaje si no enigmático, apelando de nuevo al hechizo no pudimos hacer otra cosa que bordear la costa, pasando por Oia con su convento con vistas al mar.

Después continuamos nuestro camino hasta Baiona, donde visitamos el puerto y tomamos una rica cena en una tasca.

Finalizamos el día llegando al hotel y cayendo rendidos a la cama, lo que no sabíamos es que esto no era más que el comienzo, que el siguiente día sería la auténtica paliza paradisiaca. 😉

Ya estoy dejando escrita en cada playa la promesa de volver a vivir esta magia, con quien sea capaz de disfrutarla… 😉 Así que no hay excusa…

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