Día 8. Diario de viaje. Santiago de Compostela.

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Tras una agotadora vuelta del viaje a Finisterra nos encontrábamos algo cansados para afrontar la magnitud  de Santiago de Compostela, pero no podíamos pasar sin visitar su catedral, sin comernos un trozo de su deliciosa tarta y sin acercarnos a sentir el carácter único de sus calles. Habían pasado muchos años desde mi última visita y debo confesar que poco o nada recordaba de la ciudad. Nada más internarnos en su casco antiguo pudimos ver como nos trasladábamos a otra época, si no fuera por lo que se ve en el interior de los escaparates y por las ropas de la gente creeríamos que nos encontrábamos muchos siglos atrás. Sonido de gaiteros, griterío de la gente, fuertes pasos de los peregrinos que aguantaban sus fuerzas solo hasta llegar a la Plaza del Obradoiro donde se derrumbaban a contemplar su propia hazaña.

Peregrinos preguntándose si estarían muertos y habrían llegado ya al cielo, o soñando si verdaderamente habían perdido lo que tenían intención de perder en el camino y encontrado aquello que buscaban.

Solo le ponemos dos pegas a la ciudad del apóstol, ¿por qué tuvo que recibirnos con ese calor asfixiante y esa luz prácticamente naranja que desprendían sus paredes? y sobre todo ¿por qué nos tocó ir justo el día en el que había un concierto de Jean Michel Jarre en la Plaza del Obradoiro y encima de no poder verlo tampoco pudimos disfrutar de la vista de la frontal de la catedral por culpa de los andamios? Esto me cabreó especialmente porque llegué con ilusión de guardar esa postal en mi colección de imágenes pero no tuve otra opción que quedarme con estampas de los laterales.

Aún así tuvimos la suerte de encontrarnos con el mismísimo Santiago que parecía que escapado de las catatumbas de su tumba para demostrar a quién quisiera verlo que la fe se sustenta en su presencia.

Posteriormente nos paseamos por sus calles hasta encontrar un lugar donde nos sirvieran auténtica cocina gallega, como hecha en casa y como cocinada por la abuela. Cuando al fin lo encontramos degustamos un delicioso plato de lacón con grelos, típico de Santiago.

Para acabar hicimos la pertinente ruta para comprar regalos a los más queridos y para comprar unas cuantas tartas de Santiago que nos acompañaran de vuelta a nuestras tierras hellineras. Como ya habíamos tenido la experiencia de probar la verdadera tarta de Santiago hecha en pastelería no pudimos hacer otra cosa que dirigirnos a comprar unas cuantas. Es importante saber que no cuesta mucho más pero si que está mucho más buena. Allí la dependienta nos hizo una recomendación para degustar la tarta como auténticamente se hace, nos dijo que debíamos coger una rodaja de torta, un filete de queso de tetilla y unirlos según sus propias palabras con acento galleguiño es: “Como si te dieran un beso”

Tras un rato paseando y comprando regalos las fuerzas ya no nos acompañaban y tuvimos que dejar nuestra vuelta turística para volver a Modariz Balneario y allí en el Balneario de Mondariz decidimos disfrutar del capricho de un par de horas de spa, donde nos quedamos auténticamente aplatanados y listos para volver a Hellín al día siguiente. 😉

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