Segunda semana – Edinburgh, why not?

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Os pido que os arméis de paciencia antes de leer esta entrada, pensaba que no iba a tener mucho que contar y finalmente me he enrollado más que las persianas. 😉 (too much tea!)

Pasados los críticos primeros 7 días en los que te pasas gran parte del tiempo quien te mandó a ti a meterte en aventuras con lo bien que se está en España pasamos a la semana en la que si que eres capaz de apreciar lo mucho que puede darte una experiencia como esta. Si la sensación estando en el avión a punto de aterrizar era que el mundo iba a cámara lenta, la sensación de ahora es de que el tiempo corre demasiado (excepto cuando estoy en las clases de la academia que eso ya es involución más que otra cosa…jaja).

El caso es que ya me he hecho a la ciudad, es preciosa, turística, enorme y pequeñita a la vez porque con unos barrios tan definidos a uno le da la sensación de estar en distintos sitios a la vez. El caso es que es una ciudad muy cómoda para vivir, de hecho tengo más facilidades aquí que en mi vida en Murcia y por supuesto las comparaciones ni siquiera tienen cabida, una ciudad impresionante en la que no es difícil vivir.

Con los escoceses todo es sencillo, suelen ser sonrientes y no se desesperan con nuestra poca habilidad para entenderles (a mí me cuesta lo bajito que hablan). El caso es que como me dijo sabiamente una señora borracha en mi casa (familia de mi guiri): En el mundo

hay dos tipos de personas: los escoceses y los que querríais serlo. Y no deja de ser verdad, cualquiera que los haya conocido se dará cuenta de que tienen una vida tan Let it be, tan de buen rollo y felicidad que son fáciles de envidiar.

Pero bueno, no me enrollo más con reflexiones que se me va el hilo (tomo tanto té aquí que la mente me funciona demasiado rápido a veces…jiji).

El caso es que esta semana ya estamos todos hechos un expertos en la ciudad, nos conocemos Old Town y New Town como la palma de nuestra mano (incluso yo he dejado de perderme por las calles ^^) y aún así no dejamos de sentir ese magnetismo que tiene High Street y la Royal Mile que nos hace pasar mínimo una vez por día por allí. El caso es que ya conociendo esta zona nos entraron muchas más ganas de explorar y llegó el momento de el gran Arthur’s Seat.

Los compañeros que no tienen clases por las tardes ya han aprovechado para ver otras cosas como la isla de Cramond o el jardín botánico, yo como tengo más tiempo ya iré visitando esa zona. El caso es que aprovechamos uno de los muchos días soleados que estamos teniendo la suerte de tener para hacer excursión a Arthur’s seat.

Cuando uno se adentra en esta colina y empieza a caminar se da cuenta de porque un escocés puede estar orgulloso de serlo y ya si eres edimburgués es que tienes que ser feliz solo de pensarlo. Estar en medio de una gran ciudad, a pocos minutos del centro y que con adentrarte unos pasos parezca que te has metido en pleno countryside, aire puro para los pulmones, verde hasta donde los ojos no alcanzan a ver, pequeños lagos habitados por cisnes blancos.

Las extensiones de hierba recién cortada que te traen un aroma al  que los sureños no estamos acostumbrados y  hierba salvaje que crea literalmente mares verdes de diferentes tonos de los que no puedo capturar nada con una imagen. El sonido y el movimiento era literalmente magnético.

Subimos poco a poco una pendiente bastante pronunciada, que si bien no se puede decir que sea para expertos tampoco es apta para culos de sofá. Eso sí, todos deberíamos ser capaces de hacer el esfuerzo de subir hasta el pico más alto de la colina. Una vez allí es cuando te haces consciente por primera vez de lo que es Edimburgo.

¿Cómo describes una ciudad costera, que tiene un centro que parece sacado de un escenario de una película de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (cuya historia está inspirada en un personaje real de esta ciudad), a la vez sacada de los mejores y pomposos tiempos victorianos, que se mezcla con magia y decrépitos cementerios, que se mezcla con las montañas y que no tiene nombre para describir lo que los ojos no son capaces de reunir solo en un vistazo. Una ciudad pequeña y enorme. En la  cima pudimos sentir como el viento casi nos arrancaba del suelo y si ya flotábamos de lo alucinante que era lo que veíamos literalmente volamos con el impulso de estar a esa altura con unos vientos tan fuertes.

Pudimos pasar largos minutos allí, resistiendo el frío porque realmente la vista merecía toda nuestra paciencia, pero no recomiendo a nadie subir cuando el día esté un poco regular por esta zona. Es un sitio mágico que merece la pena disfrutar un día “que haga bueno” la frase que más llevamos usando estas últimas semanas, jajaja.

El resto de la semana fue más tranquilo, estuvimos a la búsqueda de algún pub auténtico y lo encontramos The Banshee Labyrinth junto a la Royal Mile. Un lugar donde perderse con facilidad y nunca mejor dicho porque el nombre le viene al dichoso lugar por su esquizofrénica distribución. Merece una visita porque no se ven cosas así fácilmente, un bar lleno de puertas, pasillos y garitos en su interior que nada tienen que ver uno con el otro y que hacen en su conjunto un lugar único, solo decir que tiene hasta una pequeña sala de proyección que hace de cine en su interior. Buenas pintas, genial música como en el resto de los pubs y cafés (de momento el favorito The black medicine) que hemos podido visitar.

En el fin de semana la mayoría de mis compañeros se fueron a disfrutar de su particular visita a las Highlands pero yo decido reservarme ese placer para más adelante. 😉 En mi caso me dediqué a pasear por algunos de los cementerios de la ciudad y para pasar un tranquila tarde de sábado paseando por los Princes Street Gardens.

Teniendo el centro neurálgico de la ciudad justo encima y que sea otro lugar para olvidarse de todo y perderse. Otra de las de las características de esta ciudad es lo fácil que es perderse cuando uno desea hacerlo para sentirse fuera de la rutina. Como he dicho anteriormente, estamos disfrutando de grandes días de sol en la ciudad, rompiendo el mito de que no íbamos a ver el sol mientras estuviéramos en Escocia. Aquí el sol sale menos a menudo lo que nos hace apreciar más cada rayito, se nota que todo el mundo piensa aquí lo mismo y para muestra un botón, la ciudad cuando sale el sol:

Las gaitas que se están volviendo en uno de mis instrumentos favoritos desde que las relaciono con este contexto tan espectacular.

El sábado lo terminé cenando en The Standing Order con unos amigos, un antiguo banco convertido en pub con buena comida y mejor ambiente. Imprescindible. Posteriormente intentamos disfrutar un poco de la noche edimburguesa saliendo por los pubs de Grassmarket, una de las zonas más pintorescas de la ciudad que merece también una visita de día y otra de noche para cerciorarse de que es cierto que esta ciudad cambia según la luz que la ilumine.

Domingo, día de descanso. Pero no en nuestro caso. Para los turistas es un día ideal para moverse así que nos desplazamos hasta Roslin a visitar la Rosslyn Chapel otro must see cuyo único inconveniente son los cerca de 7 pounds de entrada. Merece la pena el paseo por el río, los cementerios y el castillo que están junto a la capilla.

Por la tarde Portobello, a pocos minutos en bus del centro de Edimburgo y como parte de la ciudad una playa norteña preciosa, relajante y enorme. Un lugar donde conseguimos mezclar sonido de lluvia con mar.


Un paraíso más donde perderse, una razón más para decir: Edinburgh, why not?

If there is a will, there is a way.

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