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Edinburgh – C’est fini!

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¡Hola a todos de nuevo!

Han pasado unas semanas y como prometí no he venido por aquí a daos demasiado trabajo leyendo. Hoy vengo a hablar del fin de etapa, porque ya estoy escribiendo desde tierras españolas. Aquí en mi casita de Hellín mientras atardece. ¿Qué decir? Pues que todo final es duro y trae consigo un comienzo también difícil de afrontar, lo bueno que me ha ido aportando estos últimos tiempos es la madurez necesaria para entender que puedo ser feliz ante cualquier cambio que venga. Se acabó Edimburgo, quizás antes de lo que mis planes me dictaban en un principio pero justo a tiempo para saber que el tiempo que he pasado allí ha sido el necesario, ni un minuto más.

Estas últimas semanas han estado completas de visitas muy importantes para mí, que me han reafirmado lo necesario que es para mí sentir que estoy con quien deseo estar. Han sido de los mejores momentos aquí porque poder enseñar todo aquello a las personas que quiero tal y como yo lo he visto era de lo poco que podía pedirle a esta experiencia.

Ahora me toca un nuevo comienzo aquí, en busca de algo que hacer, de sacar provecho a mi tiempo y de poder permitirme todos esos planes que me rondan la cabeza. No estoy muy parlanchina y a pesar  de que había pensado introducir muchas cosas en esta entrada, creo que se quedarán para mí o más probablemente en poco tiempo en el olvido. Así es la memoria de pez.

Os dejo con unas pocas fotos  de mis últimos días por tierras escocesas, echando ya de menos a mis amigos de allí pero con la perspectiva de que cuantos más amigos haces y dejas más fuerte te sientes. Uno aprende mucho cuando camina solo, pero aprende más cuando sabe compartir sus pasos para hacer fuertes a otros.

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En unos días volveré para la entrada del 11/11/11, así como hubo una el año pasado. 🙂 Siempre y cuando tenga las palabras justas para ello.

Derry – Northern Ireland … Visitando a la Srta. Bru

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¡Hola, hola! Por aquí me tenéis de nuevo en esta ocasión para contar mis andaduras por Derry, una ciudad de Irlanda del Norte donde está viviendo una amiga. No es que tenga mucho que contar sobre mi cortita visita pero ya que he esto se ha vuelto un diario donde acudís a ver como me ha ido pues no me puedo saltar los días tan chachis que he pasado por allí.

El caso es que planeé el viaje un poco cutremente y en vez de ir en fin de semana fui de lunes a jueves lo que sin duda le ha quitado mucho sabor a la experiencia pero puedo decir que me ha molado mucho el rollo de ir unos días y despejarme. Siempre viene bien pasar unos días con una cara conocida… 🙂

Mis días se basaron en hacer el poco turismo que se puede hacer por la ciudad, eso sí poco pero con encanto. Y disfrutar de los pubs y cafeterías infinitamente más baratos que en Edimburgo y con el mismo o más encanto. De la ciudad puedo decir que me gusta mucho el contraste que se ve por todos lados en plan católicos y protestantes (tienen hasta dos catedrales diferentes obviamente) y el tema de la lucha por la liberación de la ciudad de las manos británicas. La verdad es que los ingleses lo de hacer amigos no lo llevan demasiado bien. Aquí una muestra de la zona de Free Derry donde todo está lleno de pintadas con alusiones a la libertad y representando las escenas de represión que han vivido.

También es bastante gracioso como el centro de la ciudad está recogido por las murallas, me gustó mucho la sensación de estar de viaje en Lilliput. Derry es la típica ciudad que parece de bolsillo, cómoda para vivir, con encanto y bastante cuidada. Una muestra del espíritu de la ciudad es la zona de Craft Village, un pequeño barrio lleno de tiendas de filigranas y con algún que otro café con demasiado encanto como para pasar desapercibido. Mi rincón favorito de la ciudad el Café del Mondo, no sé por qué pero si tuviera que definir de alguna manera la sensación que me ha dado Derry es que tiene cierto estilo francés en este tipo de cafeterías y barrios.

 

 

Finalmente, resaltar que otro de los atractivos de la ciudad es el río Foyle, que merece también un paseito por su orilla, qué paz se respiraba por allí. Me quedé con ganas de poder explorar más los alrededores de esta zona de Irlanda, me quedé sin Belfast y sin el Giant’s Causeway pero bueno el mundo sigue ahí para explorarlo y quién sabe lo que podré visitar en un futuro.

Me despido hasta más novedades, probablemente relacionadas con contaros como hemos vivido Halloween en un país celta, o hablando de las chachi visitas que tengo dentro de poco. Mientras tanto: Take care! 🙂

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Cuarta, quinta y sexta semana – Edinburgh, time’s flying.

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Bueno, pues parezco incapaz de cumplir ninguna promesa bloguera que haga. Prometí traer los recuerdos de la cuarta semana cuanto antes y lo más frescos posible pero aquí estoy, al final de la quinta escribiendo sobre lo pasado estos días. Pero la verdad es que lo que define a estas últimas semanas es que el tiempo está volando. Lo que no se os va a pasar tan volando va a ser leer esta entrada porque aunque han sido tres semanas más tranquilitas que las anteriores, no dejan de tener mucha chicha. Lo peor de escribir tan tarde sobre lo que ha pasado estas semanas, es que muchas sensaciones se han quedado por el camino y no sé si podré trasladar las mismas sensaciones que las semanas pasadas. También hay que tener en cuenta que el cansancio va pesando cada vez más y que no es el mismo entusiasmo de los primeros días. Peeeero, no vamos a decir que no sigo disfrutando todo lo que puedo de esto porque sería mentira. Así que allá vamos mis conocidos lectores… (ÁNIMO!! Se dice que hay versiones reducidas de la Biblia que ocupan menos que este post… 😉 )

CUARTA SEMANA

Por fin, sobrepasamos el ecuador del curso en la escuela de inglés, con tres semanas el peso se ha ido notando poco a poco cada vez más y un curso intensivo de 6 semanas de inglés se empieza a ver cuesta arriba. Será por eso, o porque mi estómago no soportó el traqueteo de la BBQ en The Meadows, que pasé los dos primeros días de esta semana encerrada en mi habitación, con todo dando vueltas alrededor. Un poco pesadilla que por suerte pasó rápido, y en seguida vuelta a la rutina de la escuela.

Como no todo iba a ser enfermedad, en cuanto volví al jolgorio de las clases saqué las fuerzas suficientes para ir a Bongo Club a disfrutar de una noche aprendiendo a bailar ceilidh. Solo puedo decir que lo considero una de las mejores experiencias que he tenido en todo el tiempo que llevo aquí. Este baile típico no es como otro cualquiera, se vive con pasión y se baila con toda la alegría del mundo. Fue flipante ver como un puñado de desconocidos compartíamos tanta energía y optimismo mientras veíamos como pasaban aproximadamente tres horas de nuestras vidas sin que apenas nos diéramos cuenta. Llama especialmente la atención como la música implica a todo el mundo, desde los más atrevidos a los más tímidos todos terminamos bailando y compartiendo ese momento. Si visitas Edimburgo y tienes algo de tiempo no desaprovechas una noche buscando algún club de ceilidh, hay muchos alrededor de la ciudad y cada uno es un día diferente. Eso sí, uno de mis profesores (Scott, el Scot más Scottish de todo Edinburgh) nos dijo que no lo habíamos hecho bien, que el ceilidh no puede bailarse si no es bebiendo whisky y que no sabremos lo que es bailarlo hasta que lo hagamos así. Aunque os puedo asegurar que con todos los giros, saltos y pasos que tienes que hacer en cuestión de segundos bebiendo solo agua como hacíamos nosotros llegas también a una catarsis total. Lo mejor es que este tipo de bailes los hacen en las bodas, todos los hombres con sus  kilts girando (el peso de la falda es el justo para que no se vea nada que ya sé lo que estaréis pensando) y todo el mundo unido de esta manera. Con gente de tu familia y amigos tiene que ser bestial poder vivirlo. Para ver mejor a lo que me refiero aquí un vídeo que muestra un pizquita de lo que se hace en un ceilidh. 😉

La semana transcurrió bastante rutinariamente, con examen de nivel incluído. A los que estábamos en Upper Intermediate decidieron pasarnos a la mayoría a Advance que es el nivel que llevábamos semanas dando y así poder darnos el título correcto. Fueron unos días en los que el tiempo fue un lujazo, estar tirados en Princes Street Gardens comiendo y en manga corta en pleno mes de Septiembre en el país del bad weather, no se lo creía nadie. Las ganas de volver a clase por las tardes eran mínimas pero la verdad es que esta semana como tuve clases particulares sola con un profe no se me hizo tan pesado.

Además como era el final del summer term en la escuela nos regalaban el viernes una excursión a St. Andrews en grupo. Debo decir que no me gustaría crear expectativas sobre esta ciudad porque a mí me crearon unas altas expectativas y al llegar allí me desinflé un poco al ver que no era para tanto. Creo que es más cuestión del síndrome de Stendhal que tenemos por vivir en Edimburgo que porque la ciudad en sí no sea atractiva.

Tras un camino precioso, plagado de campos que parecían pintados “desembarcamos” junto a uno de los conocidos campos de golf de St. Andrews, según nos dijeron es algo así como La Meca de los golfistas. Al parecer, el camino bonito para llegar es el que bordea la costa desde Leith hasta St. Andrews. Los que han hecho este camino dicen que merece la pena el rato más que se tarda en llegar por las vistas impresionantes que se tienen del mar y los acantilados. De momento, no puedo decirlo por mi misma así que sigamos con la excursión. Lo mejor de este día es que hizo una de esas mañanas como solo hacen aquí. Con un sol bajo, cálido pero sólo lo justo, el entretiempo ideal existe y sucede aquí en la zona este de Escocia. Como hacía tan buen día los profesores decidieron  que empezáramos la ruta por la playa de St. Andrews. Y, ¿qué queréis que os diga? Siempre he pensado que las playas del norte son más bonitas que las del sur a pesar de la casi imposibilidad para bañarse y esta no podía ser menos. La marea estaba totalmente baja, de hecho habían metros y metros de arena mojada que hacía de espejo bajo nuestros pies.

El sol, el día libre, el mar, la arena limpia, la gente paseando y una extensión inmensa que te da la sensación de que corras hacia donde corras no tendrás necesidad de parar hasta que te sientas aliviado. Las imágenes hablan mejor que yo de los lugares pero de verdad que las playas de aquí merecen una visita para limpiar los pulmones.

Tras el paseito playero tocaba empezar con el turismo propiamente dicho así que tomamos la ruta hacia el “castillo”. ¿Por qué castillo entre comillas? Pues bien, el castillo estaba hecho pedacitos y como supongo que sabéis no es que sea tonta y no aprecie el valor de la antigüedad de las cosas, lo que pareció indignante es que nos quisieran hacer pagar 5 libras por ver un castillo que no tiene paredes y que se ve tan bien desde fuera como puede hacerse desde dentro. Así que como españoles de pro, no pagamos y miramos desde fuera, jajaja. El castillo es bonito, pero al estar la marea tan baja perdía el encanto que al parecer tiene cuando el mar golpea contra los acantilados que lo sostienen. Quizás St. Andrews se merezca una futura visita con más tiempo por varias razones.

Seguimos caminando al filo de los acantilados hasta llegar a la zona de la catedral que tampoco está bien conservada pero que esta vez si que me pareció un obra digna de apreciar. La catedral de St. Andrews debió de ser una de las más grandes de esta zona en sus tiempos y el cementerio que tiene al lado le daba el toque que tiene todo aquí, misticismo, transporte en el tiempo y una soledad y decrepitud tan atractivas que no hay quien no se hechice por su conjuro. Como ya apretaban nuestros nuevos acostumbrados estómagos guiris, decidimos comer junto al cementerio, dentro de lo que debió ser un claustro a una de las naves principales de la catedral. Otro atractivo de St. Andrews son las gaviotas (que aquí me parecen más bonitas que en España no sé por qué) que se posan en cualquier sitio como si fueran palomas y que están tan acostumbradas a los humanos que a veces parece hasta que posen para las fotos. El caso es que comimos mientras veíamos como nos rodeaban poco a poco (todo un poco inquietante la verdad) hasta que unos compañeros decidieron empezar a darles de comer. ¡Qué desastre! Algunos ya sabréis que los pájaros y yo no hemos tenido muy buena relación en la historia de mi vida y a pesar de que ya no puedo considerar que sea una fobia, tantos picos amenazantes a mi alrededor me pareció demasiado, jajaja. Eso sí, no dejó de ser gracioso ver a las gaviotas comportarse como perretes (eso sí, con la ventaja de tener alas) que pegaban saltitos cuando les lanzabas la comida y se acercaban inocentemente a comer lo que les ofrecían.

Una vez vista la playa, el castillo y la catedral, nos adentramos en la universidad. Cualquiera diría que aquello era una universidad. Desde fuera puede pasar totalmente desapercibida pero cuando entras es cuando ves porque es una de las más prestigiosas de Escocia. Un pequeño patio, con 4 edificios que lo flanquean, árboles frondosos que dan acogedora sombra en el césped, estudiantes descansando, leyendo un libro, comiendo una manzana… Uno ya no sabe si esto es 2011 ó 1815, la gente aquí se toma las cosas de una forma diferente porque puede, como decíamos todos: Yo en esta universidad si que estudiaría, leería, escribiría libros y sería intelectual. A parte, ese silencio tan mágico que hay en muchos sitios de aquí, que ni siquiera los españoles somos capaces de romper, nos vemos obligados a salir de ese idílico mundo y decir bueno, nosotros tenemos el jamón serrano.

Visto todo esto, St. Andrews no se compone de gran cosa más. La ciudad tiene 3 calles paralelas que son las arterias de toda la actividad, en las callejuelas que las conectan: puestos de libros de segunda mano, gente tocando música en la calle y escoceses de los de verdad que van a sus quehaceres tan tranquilamente como ellos saben moverse. Acabado el turismo no tuvimos otra cosa que hacer que ir de visita “al Tesco” y a Starbucks a cargar de provisiones para pasar el resto de la tarde tirados en el césped frente al mar y luego junto a la carretera esperando el autobús. Creo que debería darle otra oportunidad a esta ciudad en un día lluvioso y no mirándola con los ojos estos que se me han puesto desde que vivo en Edimburgo, estoy segura de que me enamoraré de esta ciudad.

Como la excursión acabó temprano, los profesores decidieron llevarnos a  South Queensferry, un burgo a las afueras de Edinburgh cuyo principal atractivo es el Forth Bridge y el menos conocido Forth Road Bridge por el que cruzamos para ir a St. Andrews. Había visto estos puentes de lejos cuando estuvimos en Cramond Island y no les había prestado demasiada atención y de hecho me parecían algo feos desde lejos. Pero la verdad es que tras la visita al Queensferry (que es un “pueblo-barrio” bastante bonito, la típica zona pequeña de bares y tiendas familiares todo muy cuidadito) cambió completamente mi opinión. Creo que es otro de los puntos de la ciudad que merece la pena ver, es otro contraste más. Colinas verdes contra estructuras de acero que resaltan pero no estorban. En concreto el Forth Bridge es bien conocido por su manera de cambiar de color según la hora del día y la luz que le den y por su fama de hipnotizar a los fotógrafos para hacerles fotos. (doy fe 🙂 ) Un pedacito de “NYC” en Edimburgo, pero eso sí al estilo escocés.

La semana terminó con más despedidas, en este caso de los “murcianicos” que  he conocido por aquí y con los que también he viví la mayor parte de la primera etapa aquí. Otra despedida más rodeados de pintas, de ganas de hablar y de reír. Este día lo aprovechamos en el Three Sisters, un pub bastante bueno sobre todo si las condiciones climatológicas permiten pasar el tiempo en su enorme terraza. Pero como poco a poco hemos ido descubriendo, en esta ciudad los pubs cambian de un día para otro y lo que un día es buena música y buen ambiente, se puede convertir en ambiente turbio (vocabulario cántabro) y música horrible.

El sábado terminamos nuestra semana particular (el domingo toco hibernar) comiendo cerdo asado del Oink, un puesto de comida para llevar en el que matan y asan un cerdo cada día y lo venden hasta agotar las existencias. Yo lo probé con cebolla y salsa de manzana y la verdad es que estaba bastante rico. También está la opción de ponerle tomate y haggis, pero el plato típico escocés se me sigue resistiendo y aún no me he atrevido a probarlo.

Tras unos días tan intensos la ciudad empezó a advertirnos de lo que se venía encima en el finde y nos mostró su cara más mística para que nos diéramos cuenta de que el sol que habíamos disfrutado estos días no se quedaría por mucho tiempo. En cuestión de minutos la ciudad fue apresada por una densa niebla que le dio, si se puede, un marco más místico. Lo gracioso es que justo el día anterior, cuando estábamos bajo el sol y en manga corta, yo dije que me encantaría ver la ciudad con niebla, que seguro que se hacían muy buenas fotos. Edimburgo me hizo caso, pero yo no iba cargada de cámara e hice lo que buenamente pude con la del móvil.

QUINTA SEMANA

Podéis respirar tranquilos, esta semana fue de las más rutinarias de todas las que hemos tenido. Tras cuatro semanas tan a tope, visitando lugares de aquí para allá los cuerpos no nos pedían muchos trotes y decidimos hacerles caso. Estos días estábamos con la gran incertidumbre de quién llegaría nuevo a la escuela porque ya habíamos despedido poco a poco a la gente con la que más nos habíamos relacionado y tocaba abrir nuevos horizontes. Por suerte, las nuevas incorporaciones a la escuela fueron como un soplo de aire fresco. Gente con energías renovadas y ganas de descubrir y descubrir. A pesar de eso, no tuvimos gran actividad y nos reservamos solo a algunas noches donde estuvimos en bares, y conociendo poco a poco a esta nueva gente.

Por algo que sí estuvo marcada esta semana es por la búsqueda de trabajo, yo ya tenía una oferta casi asegurada para comenzar a trabajar en Enero con una familia y tras la entrevista pareció confirmarse que tengo una vía de futuro para volver por estas tierras en el “próximo año”. Además mi compañera encontró una buena oferta en un bar de tapas español de por aquí. Tras tantos papeleos y comeduras de cabeza todo ha surgido de una manera mucho más fácil de lo que podíamos prever.

Respecto a mi posible trabajo en Enero, decir que sería en la zona del puerto de Leith a la que solo le di un vistazo a lomos del Porsche Cayman de mi posible nueva jefa y debo decir que me encantó. Me quedé con muchísimas ganas de volver a turistear un poco y me pareció que como nuevo barrio podría ser ideal. Un barrio tranquilo pero con mucha actividad a pocos minutos andando. Además, bien comunicado con el centro y con el mar justo enfrente de casa. Desde luego no es nada mala opción de futuro. Quizás pueda volver a visitar a mis posibles futuros jefes en estas semanas y pasear un poco más por el barrio.

Tras tantos días de letargo mi espíritu de rastreator necesitaba más, no podía ser que estando en esta ciudad y aún con cosas por visitar estuviésemos tan parados. Así que convencí a mis compañeras de ir a visitar Dean Village, un barrio que forma parte de un antiguo pueblo dentro de la ciudad y a las orillas del enorme Water of Leith. Sinceramente, y no porque fuese mi idea fue un acierto escoger esta zona. No es demasiado conocida, y no está en la mayoría de diarios de viaje o recomendaciones que puedes leer en la red pero puedo asegurar que merece la pena.

Lo mejor es coger la ruta que te lleva por la orilla del río hasta encontrarte de lleno con este minúsculo lugar (apenas son unos 5 o 6 edificios antiguos) pero es una zona tan extremadamente tranquila y tan bonita que merece dedicarle una mañana si vamos sobrados de tiempo. De lo mejor también es el enorme cementerio que hay en este barrio. Uno de los más grandes que hemos visto hasta ahora, con un montón de tumbas con mi nombre como es lo normal aquí y con un montón de esas hojitas marrones que se están convirtiendo en mis musas favoritas en mi estancia aquí.

Como buen domingo teníamos que encontrar un lugar un poco más cool para tomarnos el lunch y esta vez elegimos volver a Princes Street Gardens, el mejor sitio para tirarse al césped (en el caso de este día no) y comer mientras las gaitas amenizan. Posteriormente cogimos de nuevo rumbo a Royal Mile y subimos por primera vez a la explanada de las puertas del castillo. Hace poco leí que uno sabe que no es turista y está viviendo en Edimburgo cuando nunca ha visitado el castillo. En el caso de muchos de nosotros es una realidad. Eso sí, sigue teniendo cierto magnetismo y puede que si vuelvo y puedo permitírmelo traspase sus muros. Lo mejor, las vistas desde allí de todo Edimburgo. Una buena manera de decirle adiós a otra semana ¿no?

Y así acabó la quinta semana.

SEXTA SEMANA

Sexta y última semana del curso. La semana en la que me encuentro aún con todo el cansancio sobre la espalda. Después de 5 semanas de curso intensivo que finalmente me ha demostrado enseñarme algo. Tras el cambio de profesora de hacia un par de semanas me he sentido mucho más cómoda y he aprendido cosas útiles. Lo que más me gustaba es que cuando terminaba la clase siempre decía algo así como: Y ahora vuestros deberes son usar esto en el mundo real. 🙂

Pocos planes en el horizonte teníamos tras haber pateado prácticamente todo Edimburgo de punta a punta. Estoy segura de que si nos hubiesen puesto un gps en los pies saldría cubierto prácticamente el 70% de la ciudad. Así que ya solo nos queda hacer vida normal por aquí, seguir nuestra rutina y disfrutar de la gente que estamos conociendo. ¿Qué mejor manera que ver un partido de fútbol de tu país contra el país extranjero en el que estás viviendo? Decidimos jugarnos nuestra integridad física yendo a un bar que considerábamos más turístico que escocés. Pero que sorpresa entrar y ver el bar lleno de armarios de 3×2 que son estos escoceses, llenando hasta el último rincón de The Standing Order, que no es precisamente un sitio pequeño. Durante los primeros goles estuvimos callados por respeto, y en mi caso también porque no me importaba demasiado el partido, pero luego les oímos comentar que “calladitos” estábamos los españoles así que celebramos el tercer gol como si nos hubiese dado un mundial, dejando claro de donde venimos y lo borreguicos que somos, jejeje. Eso sí, me encantó la actitud de los escoceses, celebraban cada corner como un penalti, cada tiro cutre que hacían como un gol y fueron bastante pacíficos a pesar de los litros de cerveza que se meten en el cuerpo. Incluso un borrachín que se pasó medio partido con nosotros en vez de insultar al equipo de España o quejarse de las faltas lo que hacía era echar sapos y culebras por la boca en contra de los ingleses. Aquí el único odio que les importa es el que tienen contra sus vecinos, a nosotros nos tienen cariño. Es totalmente cierto eso de que cuando se enteran de que eres español se ponen a lucir su pobre nivel diciendo cosas del tipo: Hola, ¿qué tal?. No dan para más…

La semana a pesar de haber sido rutinaria ha tenido cosas chachis como que el miércoles en vez de dar la clase de la tarde convenciera a la teacher sustituta de que nos pusiera una peli. El caso es que la peli que nos puso fue Braveheart y bueno, recordaba cosas diferentes y no me gustó mucho. Que malo es a veces todo lo que hemos aprendido en la carrera, por ejemplo ya no puedo ver nada relacionado con la cultura que no sea fiel con los hechos  y Braveheart es todo menos fiel con la historia. jajaj

Finalmente llegado el viernes tocaba recoger nuestro flamante certificado de curso intensivo de Advance de 6 semanazas y salir con los compañeros al que dicen que es el mejor buffet de curry de Edimburgo de cuyo nombre prefiero no acordarme. No me gustó mucho el invento del curry y eso de estar sudando como un pollo comiendo un plato de arroz con oveja (que no con cordero) que picaba como para matar a un regimiento. Y ahí estábamos los italianos y los españoles quejándonos de que eso era un bazofia y mi profe y las suecas diciendo que es que somos unos sosos que como somos como primos solo nos gusta la comida italiana y española entre nosotros. jajajaaj No es que estuviera malo, es que picaba demasiado y eso de comer sufriendo no está en nuestra cultura, eso sí cuando haga más frío no descarto comerme otro plato de eso, te calienta la sangre que es un gusto.

Por la noche, un compañero de la escuela organizó una cena internacional en su casa. Cada uno tenía que preparar algo típico de su país y llevar algo de beber. Estuvo súper bien el intercambio cenamos: jamón serrano, queso curado, tortilla española, olivas, mojete (esto lo hice yo… jej), pasta carbonara de la de verdad y un pastel sueco que aún se me hace la boca agua cuando me acuerdo. Además todo esto acompañado con un Rioja que puso el anfitrion y vino chileno e italiano (ahí es nada). Todo muy sibarita y todo un lujazo cuando llevas seis semanas comiendo sandwiches a medio día y cenas cutres por la noche. Pero lo mejor de la noche es que fue la primera noche que pudimos disfrutar a tope, no haciendo nada en especial pero compartiendo con los compañeros y hablando un poco de todo. Lo genial aquí también es que aún no hemos encontrado un solo pub que no sea especial, que no tenga algo diferente que te haga querer volver. Personalmente lo que adoro es la música que ponen en muchos de ellos. Escuchar a tus grupos favoritos estando de fiesta o que incluso la banda del local toque en directo algunas de tus canciones favoritas es como un sueño. 🙂 En este caso fuimos a Finnegan’s (un pub irlandés) y Espionaje (un pub/club de fiesta con muchas salas con música y ambientes distintos). Una flipada.

Gente muy chaaaachi!:)

La semana acaba esta vez con la visita al famoso Royal Botanic Garden que tantas semanas hemos ido aplazando hasta hoy. Tengo que decir que he pasado de tenerlo en la clasificación de must visit como lo tenía todo el mundo a un “bueno si te sobra tiempo siempre puedes pasear”. A ver, me explico. Es un sitio bonito, enorme y lleno de árboles y plantas exóticas. Está más o menos bien cuidado excepto algunas partes pero recomendarlo en todas las páginas web como un lugar que tienes que ver al nivel de Royal Mile me parece absurdo. Es como decir que quien va a París tiene que ver Disneyland igual que ver el Sacre Coeur. Es un sitio que está bien, que tiene invernaderos chulos a los que no hemos entrado por no pagar, pero que sinceramente es una mezcla absurda entre lo natural y lo artificial. Hoy viéndolo me he acordado de mi tío Rafa que me dijo que posiblemente era el parque que menos merecía la pena de todo Edimburgo y en parte creo que es cierto. El resto de parques tienen su encanto, este está hecho adrede y sin una lógica aparente. Pero, voy a hacer justicia (sobre todo para que Laura no se enfade que ya bastante ha aguantado conmigo toda la mañana despotricando…jajaj) si no esperas nada, puede que te sorprenda y hay partes realmente cuidadas y bonitas que seguro que os gustan a la mayoría. A mí lo que más me ha gustado ha sido el bosque de las hadas (aunque era un poco cutre pero yo soy así de infantil) y el ambiente en general de pasear entre mini-lagos, cascadas y árboles enormes.

Otra cosa que ha molado es que nos hemos encontrado con una degustación de tipos de manzanas escocesas (y como era gratis hemos comido muchas) y con una degustación de un zumo de un tipo de manzana riquísima prensado a mano. Nos daban como un vaso de chupito con zumo y estaba delicioso aunque también muy empachoso. A saber cuanto podía valer cada botellita de eso. Me hace gracia porque todo este tipo de cosas son tan sumamente guiris: ir al Royal botanic garden un domingo y encontrarte con una degustación de manzanas y que eso te parezca todo un acontecimiento (a nosotros no tanto pero a los guiris se les veía entusiasmados).

Después de otro día maravilloso tocó otra despedida más, en este caso Helena, que se nos marchó a Italia. Desde luego si algo estoy aprendiendo es a despedirme, eso sí porque sé que todo son “hasta luegos” que si no, no sería tan fácil.

Y bueno, otra semana que se va volando, el tiempo aquí ya no va rápido va acelerado y parece que en cuestión de segundos pasen días enteros. He pasado de disfrutar la aventura a sorbitos, a tener que beber cualquier gotita que se me ofrece antes de que se pase la oportunidad de probarla. Lo bueno es que aprecio tanto esta oportunidad de vivir algo así ahora que puedo hacerlo que creo que estoy guardando lo máximo posible en mí para que me de el máximo posible en el futuro. Sé que echaré mucho de menos cada uno de los días que he pasado aquí y por eso sé que tengo que valorar la posibilidad que tengo de volver en otra experiencia totalmente diferente.

Ahora me toca una de las mejores partes de la aventura, disfrutar de esto con las personas que vienen a visitar, todas esas personas que he tenido en mente cuando he paseado por estas calles. Muchos de ellos vienen a acompañarme en estas últimas semanas y tengo que dar el todo por el todo para que la ilusión que he mostrado en este blog no se quede en palabras y sea una realidad también para todos ellos. Pero antes, me toca a mí volar a visitar Derry y a la pequeña Sara, veremos que me espera en la isla esmeralda.

Me despido diciendo para todas esas  personas que  me han dicho, que las palabras de mi blog muestran entusiasmo que me alegro de que así sea. Lo único que tengo que añadir es que no todo en la vida es del color que nos gustaría verlo, pero uno debe sacar fuerzas suficientes para mirar hacia el horizonte que quiere alcanzar. Nada puede detenernos entonces, estamos Standing On The Shoulder Of Giants* y nada puede estorbar nuestra vista.

Ahora podéis respirar y descansar de blog al menos hasta la semana que viene con la aventura en Derry o incluso hasta el final de la aventura cuando contaré como acaba todo y las reflexiones posteriores a la experiencia.

*Esta inscripción está en las monedas de 2 pounds y es una cita de  Sir Isaac Newton: “If I can see further than anyone else, it is only because I am standing on the shoulders of giants”

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Tercera semana – Edinburgh, how could be better?

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Llegamos a la tercera semana, a la que yo defino como cuando empezamos a movernos por aquí en “modo experto”. Nos sabemos la ciudad como la palma de nuestra mano aunque nos quedan muchos trocitos por explorar, por no hablar de todos los pubs que aún tenemos por visitar ¿cientos? ¿miles? Pero bueno, una de las cosas que estoy aprendiendo por la falta de tiempo es que es mucho mejor descubrir una ciudad a sorbitos que beberlo todo de golpe.

Con Laura

La semana estuvo marcada porque al fin Laura (una cántabra majísima que me va a acompañar durante toda la aventura…^^) y yo pudimos hacer el Free Tour que te enseña los entresijos de Old Town. Podría entrar a explicar todo lo que nos contaron que fueron muchísimas leyendas e historias reales sobre la ciudad de Edimburgo y sobre Escocia. Mi resumen sería que aún no he llegado a entender de todo cual es el mecanismo por el que funcionan los escoceses, pero su locura empieza a parecerme una de las mejores opciones de vida que existen. Lo resumiría todo en que esta gente no se preocupa, se emborracha. Y no es que me quiera dar al alcohol como forma de vida, pero su visión de dejar pasar y ser feliz es bastante acertada. 😉

Lo que más palpable es en esta ciudad en relación con su pasado es que esta ciudad ha sido “grande” y digo grande entre comillas porque no es una ciudad con demasiados habitantes, ni tampoco es grande en extensión pero tengo la fortuna de vivir en una de las ciudades que fue considerada la más importante de la época de la ilustración, que se puede reír de sus vecinos ingleses porque cuando allí la universidad era sólo para clérigos y la madurez de su sistema social estaba en pañales aquí luchaban por la educación del pueblo. Pero a la vez mezclan eso con una forma de ser rayana a la locura, que las hace hacer cosas del tipo robar la famosa piedra del destino cuando estuvo en manos inglesas (recomiendo encarecidamente leer sobre esto porque es para troncharse…) Aunque resumiendo lo que recomiendo es que si alguna vez venís hagáis uno de estos tours porque realmente te dicen mucho de como es la ciudad y hacen que pasear ya no vuelva a ser lo mismo.

Esta semana también estuvo marcada por la despedida de nuestros compañeros de aventuras durante estas tres semanas, la verdad es que da realmente pena despedirse de la gente porque la vida aquí deja de ser lo mismo conforme se van marchando. Lo bueno es que las despedidas se hacen a base de salir de pubs, y eso siempre es sinónimo de descubrimiento. Esta vez estuvimos en el conocido Frankestein, un pub bastante caro y que no terminó de merecer la pena porque no pudimos ver el espectáculo del monstruo apareciendo. Una pena. Lo que si que confirmo que merece mucho la pena es la zona de Grassmarket (tanto de noche como de día) tiene encanto y atmósfera, es de ese tipo de cosas que está llena está ciudad, de ese tipo de cosas que uno no sabe describir.


Una vez despedidos todos, tras una ¿penúltima? visita al National Museum y su azotea, decidimos planear el fin de semana. La idea era disfrutar del Edinburgh Open Doors Day, que consiste en todo un fin de semana en el que muchos monumentos cerrados al público son abiertos y muchos otros en los que se suele cobrar entrada son gratuitos. Desafortunados nosotros que este ha sido el primer año en el que la visita al castillo no ha figurado entre las opciones. 😦 Pero a la vista del estrepitoso fracaso que supuso este plan poco nos importa que estuviera incluído o no. El caso es que la mayoría de las cosas que figuraban en la extensa lista requerían de reserva previa y no lo descubrimos hasta explorar un poco y agotar la mañana de un lado para otro.

Lo que realmente mereció la pena de esta mañana fue poder visitar el Royal Lyceum Theatre Edinburgh que estaba ambientado con algunos actores simulando a los supuestos fantasmas que viven en él y donde se podía ver y visitar (en este caso con reserva) el escenario preparado para Mary Queen of Scots got her head chopped off. La obra, a juzgar por lo que vi en el escenario y por lo que pude ver y leer después promete psicodélica por los cuatro costados y claro eso es sinónimo de que tenga muchísimas ganas de verla. ¿Quién sabe? Quizás en unas semanas pueda pagarme la entrada de 15 libras para ir a echar un vistazo. El caso es que visitar el liceo me recordó a mis amigos los artistas y como lucirían de bien en ese escenario y en ese teatro tan sofisticado, a lo mejor algún día puedo decir que tienen algún cartel colgado por aquí. O quizás sea la próxima paranoia Theatrae lo que acabe estrenándose por aquí. 🙂

Con este tiempo que nos está haciendo ¿quién dijo que en Escocia hacía un tiempo horrible? no teníamos otra opción que irnos a comer a Princes St Gardens, tirados en la hierba recién cortada y con las hojicas de tonos ocre dándole ese aspecto de otoño eterno a todo. Y siempre se oyen gaitas a lo lejos, comiéndonos nuestros recurrentes sandwiches de lunch y simplemente viendo el momento pasar.

Momentos curiosos en esta ciudad, ir por la calle y encontrarte un montón de gente bailando estilo años 20 o algo así que aparece como de la nada:

Pero no todo es tirarse en la hierba así que voy  directa a lo importante de la semana, la visita a Cramond Island. Menudo sitio y otra vez sin salir de la ciudad, sigo impresionándome de ver lo heterogéneo de esto. Pues bien, nos decidimos a ir a Cramond Island a las 4 de la tarde porque es cuando empieza a bajar la marea que permite cruzar del ¿barrio? ¿pueblo? de Cramond hasta la isla que hay enfrente (a una y milla y media).

Es impresionante ver una marea que se mueve con tanta rapidez y que descubre un camino perfecto hasta el otro lado. Decir que me sentí como en La Isla de Perdidos es poco. En serio, que esta ciudad me hace sentir tonta porque nunca consigo encontrar las palabras que definan lo que se siente y lo que se ve cuando uno hace cosas de este tipo después de una semana de acá para allá y de repente sentirse en el medio de la nada, con estampas difíciles de ver allí de donde vengo.

El mar que desaparece ante tus ojos dejando un espejo de agua en el suelo que refleja estas nubes de aquí que parecen de mentira y el aire que se mueve (y bastante) llenándote los pulmones y recordándote lo vivo que estás. Un lujo.

Por la noche, tras unos horas que pasaron volando en la magia de la isla, fui invitada a cenar tortillica española en un albergue del centro (Princes St  East Backpackers). ¿Cómo definir el rollo del albergue? “Hippie style”, pero bueno me sentí más que cómoda con mis murcianicos ahí preparando la cena codo con codo y con sus compañeros Erasmus, franceses y español, dando el toque multicultural al asunto. Cenamos con vistas al Balmoral, menudo lujazo y con sabor de vuelta a casa. Menciono mi visita fugaz a un albergue en el blog por dos cosas:

1. Si queréis venir a un albergue en el UK es la mejor forma de relacionarte con gente y la más barata. Sin duda merece la pena.

2. Armaos de paciencia para sobrevivir en un sitio así.

El día acabó con un nueva noche en “el laberinto” del que ya hablé la semana pasada pero del que cabe la pena destacar la manera de “vampirizarse” los sábados. Ya nos habían advertido de que los sábados abren las puertas de Mordor (Glasgow) y todos deciden venirse para acá (aunque también ocurre viceversa). Que decir, pues que el sábado no es el mejor día para salir por esta ciudad y menos si te has pegado una paliza turista durante todo el día, pero nos vino bien para comentar la jugada de como había ido todo el día. Prontito (tarde para estos guiris) a descansar y pensar en el día siguiente.

Día de domingueros, nos fuimos a echar un vistazo al Sunday Market, un mercadillo en un parking en Leith St junto al Omni Center. El reciclaje llevado a su máxima extensión, lo que ya no usas es susceptible a ser vendido porque a alguien puede interesarle. Para que os hagáis una idea es un parking tamaño Corte Inglés style lleno de maleteros de coche abiertos con todo tipo de cosas (resumen explicativo: vestidos de novia, guitarras, cestas de picnic…) a precios de saldo.Yo conseguí comprarme un libro por 10 peniques y otro por 40, bromeábamos con como se pasaban los que nos pedían una libra por un libro. Interesante visitarlo si tienes muchos días en la ciudad o si te toca un domingo lluvioso.

Pero el plan no quedaba ahí, el domingo era el día de la barbacoa The Meadows. Nos juntamos una buena troupe con mezcla internacional como de costumbre, polaco y franceses incluídos y nos dispusimos a pasar la odisea de comprar todo lo necesario para pasar la tarde tirados en el césped.

Barbacoas de usar y tirar, carne, galguerías y un intento de tarta de cumpleaños (uno de los franceses había cumplido años hacia unos días).  De este plan decir que como es habitual en esta ciudad, a pesar de que no estamos viendo lo peor de ella, el tiempo nos cambió justo cuando asentamos el campamento en el parque. Todo parecía ideal, incluso la cajera del supermercado al vernos con las barbacoas nos dijo que era un día ideal para salir, pero aquí el cielo azul no es signo de un buen rato de calma. En cuestión de minutos todo se ennegreció y a pesar de que la lluvia se portó bien, no fue la barbacoa ideal que todos imaginábamos bajo el sol. Aún así, tuvo su punto poder jugar “El pueblo duerme” en inglés y pasamos un día agradable con la tontería de estar asando comida y hablando. Eso sí, este parque es otra visita obligada (cualquier día para tomar el lunch, por ejemplo) porque el ambiente es muy chulo. Mucha gente joven, jugando al fútbol, a las cartas, tocando la guitarra o tirados al sol.

Esta semana las cosas parece que se están acercando a un ritmo de rutina, ya no me siento una turista aquí, si no más bien una habitante más que se pierde de vez en cuando. El domingo de hecho de broma dije: vosotros fiaos del cielo pero yo que vivo en Edimburgo os digo que en cuanto posemos las barbacoas se nubla. Evidentemente todos me odiaron por gafe cuando después se cumplió la profecía, pero a mi me hizo gracia darme cuenta de que me he acostumbrado hasta a las locuras que el cielo hace aquí.

Esta entrada ha sido un poco más “diario personal” pero es que como digo, ya me cuesta hablar desde la perspectiva de alguien que no ha visto esto nunca. Aún así sigo con la sensación de vivir en el decorado de Sweeney Todd, en el bosque encantado, en una postal otoñal o en un poema de Poe.

También la forma de esta entrada ha sido así porque mi memoria no ayuda demasiado, prometo escribir la siguiente con las ideas de la cuarta semana (que ya casi acaba) mucho más frescas. 🙂

Agur!

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Segunda semana – Edinburgh, why not?

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Os pido que os arméis de paciencia antes de leer esta entrada, pensaba que no iba a tener mucho que contar y finalmente me he enrollado más que las persianas. 😉 (too much tea!)

Pasados los críticos primeros 7 días en los que te pasas gran parte del tiempo quien te mandó a ti a meterte en aventuras con lo bien que se está en España pasamos a la semana en la que si que eres capaz de apreciar lo mucho que puede darte una experiencia como esta. Si la sensación estando en el avión a punto de aterrizar era que el mundo iba a cámara lenta, la sensación de ahora es de que el tiempo corre demasiado (excepto cuando estoy en las clases de la academia que eso ya es involución más que otra cosa…jaja).

El caso es que ya me he hecho a la ciudad, es preciosa, turística, enorme y pequeñita a la vez porque con unos barrios tan definidos a uno le da la sensación de estar en distintos sitios a la vez. El caso es que es una ciudad muy cómoda para vivir, de hecho tengo más facilidades aquí que en mi vida en Murcia y por supuesto las comparaciones ni siquiera tienen cabida, una ciudad impresionante en la que no es difícil vivir.

Con los escoceses todo es sencillo, suelen ser sonrientes y no se desesperan con nuestra poca habilidad para entenderles (a mí me cuesta lo bajito que hablan). El caso es que como me dijo sabiamente una señora borracha en mi casa (familia de mi guiri): En el mundo

hay dos tipos de personas: los escoceses y los que querríais serlo. Y no deja de ser verdad, cualquiera que los haya conocido se dará cuenta de que tienen una vida tan Let it be, tan de buen rollo y felicidad que son fáciles de envidiar.

Pero bueno, no me enrollo más con reflexiones que se me va el hilo (tomo tanto té aquí que la mente me funciona demasiado rápido a veces…jiji).

El caso es que esta semana ya estamos todos hechos un expertos en la ciudad, nos conocemos Old Town y New Town como la palma de nuestra mano (incluso yo he dejado de perderme por las calles ^^) y aún así no dejamos de sentir ese magnetismo que tiene High Street y la Royal Mile que nos hace pasar mínimo una vez por día por allí. El caso es que ya conociendo esta zona nos entraron muchas más ganas de explorar y llegó el momento de el gran Arthur’s Seat.

Los compañeros que no tienen clases por las tardes ya han aprovechado para ver otras cosas como la isla de Cramond o el jardín botánico, yo como tengo más tiempo ya iré visitando esa zona. El caso es que aprovechamos uno de los muchos días soleados que estamos teniendo la suerte de tener para hacer excursión a Arthur’s seat.

Cuando uno se adentra en esta colina y empieza a caminar se da cuenta de porque un escocés puede estar orgulloso de serlo y ya si eres edimburgués es que tienes que ser feliz solo de pensarlo. Estar en medio de una gran ciudad, a pocos minutos del centro y que con adentrarte unos pasos parezca que te has metido en pleno countryside, aire puro para los pulmones, verde hasta donde los ojos no alcanzan a ver, pequeños lagos habitados por cisnes blancos.

Las extensiones de hierba recién cortada que te traen un aroma al  que los sureños no estamos acostumbrados y  hierba salvaje que crea literalmente mares verdes de diferentes tonos de los que no puedo capturar nada con una imagen. El sonido y el movimiento era literalmente magnético.

Subimos poco a poco una pendiente bastante pronunciada, que si bien no se puede decir que sea para expertos tampoco es apta para culos de sofá. Eso sí, todos deberíamos ser capaces de hacer el esfuerzo de subir hasta el pico más alto de la colina. Una vez allí es cuando te haces consciente por primera vez de lo que es Edimburgo.

¿Cómo describes una ciudad costera, que tiene un centro que parece sacado de un escenario de una película de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (cuya historia está inspirada en un personaje real de esta ciudad), a la vez sacada de los mejores y pomposos tiempos victorianos, que se mezcla con magia y decrépitos cementerios, que se mezcla con las montañas y que no tiene nombre para describir lo que los ojos no son capaces de reunir solo en un vistazo. Una ciudad pequeña y enorme. En la  cima pudimos sentir como el viento casi nos arrancaba del suelo y si ya flotábamos de lo alucinante que era lo que veíamos literalmente volamos con el impulso de estar a esa altura con unos vientos tan fuertes.

Pudimos pasar largos minutos allí, resistiendo el frío porque realmente la vista merecía toda nuestra paciencia, pero no recomiendo a nadie subir cuando el día esté un poco regular por esta zona. Es un sitio mágico que merece la pena disfrutar un día “que haga bueno” la frase que más llevamos usando estas últimas semanas, jajaja.

El resto de la semana fue más tranquilo, estuvimos a la búsqueda de algún pub auténtico y lo encontramos The Banshee Labyrinth junto a la Royal Mile. Un lugar donde perderse con facilidad y nunca mejor dicho porque el nombre le viene al dichoso lugar por su esquizofrénica distribución. Merece una visita porque no se ven cosas así fácilmente, un bar lleno de puertas, pasillos y garitos en su interior que nada tienen que ver uno con el otro y que hacen en su conjunto un lugar único, solo decir que tiene hasta una pequeña sala de proyección que hace de cine en su interior. Buenas pintas, genial música como en el resto de los pubs y cafés (de momento el favorito The black medicine) que hemos podido visitar.

En el fin de semana la mayoría de mis compañeros se fueron a disfrutar de su particular visita a las Highlands pero yo decido reservarme ese placer para más adelante. 😉 En mi caso me dediqué a pasear por algunos de los cementerios de la ciudad y para pasar un tranquila tarde de sábado paseando por los Princes Street Gardens.

Teniendo el centro neurálgico de la ciudad justo encima y que sea otro lugar para olvidarse de todo y perderse. Otra de las de las características de esta ciudad es lo fácil que es perderse cuando uno desea hacerlo para sentirse fuera de la rutina. Como he dicho anteriormente, estamos disfrutando de grandes días de sol en la ciudad, rompiendo el mito de que no íbamos a ver el sol mientras estuviéramos en Escocia. Aquí el sol sale menos a menudo lo que nos hace apreciar más cada rayito, se nota que todo el mundo piensa aquí lo mismo y para muestra un botón, la ciudad cuando sale el sol:

Las gaitas que se están volviendo en uno de mis instrumentos favoritos desde que las relaciono con este contexto tan espectacular.

El sábado lo terminé cenando en The Standing Order con unos amigos, un antiguo banco convertido en pub con buena comida y mejor ambiente. Imprescindible. Posteriormente intentamos disfrutar un poco de la noche edimburguesa saliendo por los pubs de Grassmarket, una de las zonas más pintorescas de la ciudad que merece también una visita de día y otra de noche para cerciorarse de que es cierto que esta ciudad cambia según la luz que la ilumine.

Domingo, día de descanso. Pero no en nuestro caso. Para los turistas es un día ideal para moverse así que nos desplazamos hasta Roslin a visitar la Rosslyn Chapel otro must see cuyo único inconveniente son los cerca de 7 pounds de entrada. Merece la pena el paseo por el río, los cementerios y el castillo que están junto a la capilla.

Por la tarde Portobello, a pocos minutos en bus del centro de Edimburgo y como parte de la ciudad una playa norteña preciosa, relajante y enorme. Un lugar donde conseguimos mezclar sonido de lluvia con mar.


Un paraíso más donde perderse, una razón más para decir: Edinburgh, why not?

If there is a will, there is a way.

Primera semana – Edinburgh, love at first sight

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Esta parte del diario viajero es para aquellos que quieran saber de mis sensaciones en Edimburgo, relacionadas a la ciudad. Puede ser un poco cansada para a quién no le interese la ciudad pero prometo que no escribo datos sobre los lugares (los enlazo a Wikipedia para más info).

Llevo aquí apenas una semana y desde el primer segundo que pasé en ella tengo la sensación de estar en una de las ciudades con más magia del mundo. Apenas el avión se iba acercando el aeropuerto los ojos ya podían ver Arthur’s Seat como una especie de corazón verde que sobresale por encima de todo. Pero no sólo te encuentras con eso, en el centro a lo lejos se ve una ciudad oscura pero que a la vez emana cierta luz especial. Es curioso ver las cosas desde un avión porque a esa velocidad los coches, los trenes, las nubes, todo parece congelado en el tiempo. En contraste con la oscuridad que de repente nos enseñaba una basta capa de nubes, nos encontramos con que el avión bordeaba una enorme playa, ahí estaban Portobello y Leith.

El primer día que cogí el autobús no podía encajar lo bonita que me parecía la ciudad. La definiría como una mezcla entre una tromba de lluvia y los primeros y los últimos rayos del sol. Sí, todo suena muy cursi pero Edimburgo es eso. Es una mezcla entre los edificios negruzcos, victorianos y envejecidos con la luz que resalta de cualquier flor, de cualquier puerta pintada en colores vivos.

El autobús se adentra en Princes Street, que no tiene otra palabra para definirla que majestuosa y ajetreada allá donde mires. Los edificios que no son excesivamente altos pero que se alzan como si fueran muchísimo más grandes nos muestran la parte adinerada, atestada de tiendas, marcas caras y asequibles. Pero ¿qué hace diferente a Edimburgo? Que cuando miras al otro lado de la acera te encuentras con un enorme parque, con edificios increíbles que te lanzan a otro tiempo muy lejano al que estás viviendo en la calle.

Aún no estoy muy hecha a los nombres de los lugares que visito y es como que van apareciendo por sorpresa y por casualidad. Lo que les hace más especiales, es como que llego a ellos cuando estoy preparada para admirarlos.

En este primer día paseamos por Princes, y subimos al Scott Monument que es lo primero que ha captado mi atención. No puedo evitar pasear por esta calle sin embobarme mirando este edificio cada pocos minutos. No sé muy bien que es lo que tiene, porque no es demasiado alto, no es especialmente bonito pero me parece increíble. Recomiendo la subida a él porque da una visión más amplia de Princess Street y te hace ver un un mapa claro y en movimiento de la ciudad de Edimburgo.

Old Town

Princes Street

 

Desde allí vimos las columnas de Calton Hill y decidimos ir a ver un poco y decidimos ir hacia allí para aprovechar el buen día que nos había tocado. Subir esta colina te hace sentirte como en una falsa atenas, más fría y más verde. Es un lugar apacible e indispensable visitarlo, de hecho creo que será mi visita obligada casi una vez por semana. Las vistas desde allí son impresionantes. Arthur’s Seat a la derecha, Princes Street al frente, el Holyrood Palace al fondo al pie de la colina.

Vista desde Calton Hill

Merece la pena subir al monumento de las columnas para poder observar mejor el palacio al fondo, si uno sabe concentrarse en este tipo de lugares puede sentir que vuelve atrás en el tiempo. Cuando miras en dirección al Holyrood Palace, escondido entre las colinas, nadie diría que te encuentras en pleno siglo XXI. Una de las cosas más importantes de esta ciudad es esa, su capacidad para transportar en el tiempo. Las vistas son impresionantes desde cualquier punto y merece la pena hacer el paseo que hay por allí.

Pero yo seguía impaciente, aún no había pisado la Royal Mile y tenía muchas ganas de cruzar el puente para encontrarme de lleno con Old Town. Y que maravilla, si estar en Calton Hill te traslada a otro tiempo la Royal Mile va más allá. Casi puedes sentirlo, incluso la gente parece mimetizarse con el ambiente. Los suelos de piedra, la lluvia que ha dejado mojadas las calles, el ajetreo, la luz, como me gusta la luz en Edimburgo. De Old Town y Royal Mile aún no puedo contar todo lo que me gustaría, por suerte tengo todo el tiempo del mundo para visitar sus rincones y sacar mucho más de cada esquinita.

Lo poco en lo que me adentré en Old Town fue la plaza donde se esconde el Writers Museum, allí donde se reunían los intelectuales a hablar sobre sus ideas, a escribir y a pensar. Y ves esa plaza, que parece seguir tal cual la dejaron y entiendes como la gente se inspiraba allí para escribir sobre cualquier cosa y para darle palabras a las cosas que parecen no tenerlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hablar personalmente sobre mi semana, es hablar de que he necesitado una semana para posar los pies en el suelo. Cuando alguien vive cada momento como yo, con tanta expectación, cuesta encontrar tu lugar en tan pocos días. Pero poco a poco todo empieza a verse más nítido. La premisa principal: Disfruta de esto porque puede que no puedes volver a hacer algo así nunca en tu vida. 🙂

Aventura UK

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¡Hola, hola!

Bueno la verdadera razón de volver al blog y darle un cambio de imagen ha sido la de retomar mi pequeña faceta de “diarioviajera”. Como algunos ya sabréis me he venido a vivir a Edimburgo un poco por razones de espíritu emprendedor que no sabe si quedarse a medio vuelo a seguir el rumbo hasta donde le den las alas. Mi misión en el blog en las próximas semanas será la de enseñar un poquito como es la ciudad y las sensaciones que me va regalando. Como me quedaré un tiempo por aquí no voy a hacerlo en formato diario si no que hablaré por zonas de la ciudad y por boletines de curiosidades varias que quizás puedan interesar a alguien. 😉

Volveré pronto con la primera entrega.